En Villa Nueva, la política empieza a moverse antes de que suene el silbato. No hace falta calendario electoral: alcanza con mirar la calle. Ignacio Tagni ya entendió la lógica. Barrio por barrio, cara a cara, escucha, toma nota y construye. No es gestión pura. Es campaña en modo silencioso.
El oficialismo tiene algo que en la política vale más que cualquier discurso: orden. Radicales, juecistas, restos del PRO y libertarios reciclados confluyen en un objetivo común: sostener el poder. La reelección no se declama, se ejecuta. Y en ese esquema, Tagni corre con ventaja.
Del otro lado, la oposición ofrece el clásico menú de la dispersión. Natalio Graglia conserva volumen, pero en soledad no alcanza. Es nombre, no proyecto. Angelo Valenzano, con el respaldo de Marcelo Frossasco, intenta posicionarse, aunque todavía juega en construcción.
La figura que empieza a gravitar es Adriana Allasia. Presidenta del PJ local, tribuno opositora y heredera de un apellido con historia, aparece como una posible síntesis. Si decide jugar, puede ordenar lo que hoy está roto.
En paralelo, el factor incógnita: Valentin Alaniz, orbitando en el universo de Natalia De la Sota. Y en la retaguardia, los históricos Osvaldo Soberbio y Olga Vivas, con ese capital invisible que no figura en las encuestas pero pesa en el territorio: la memoria del favor.
Villa Nueva, entonces, se encamina a una elección donde uno ya está en carrera y los otros todavía buscan la pista. En política, llegar primero no garantiza ganar. Pero llegar tarde, casi siempre garantiza perder.
