Hay cosas tan groseras que en Argentina ya ni siquiera escandalizan. Nos hemos acostumbrado a la obscenidad.
Vemos a los mismos dirigentes desfilar por los mismos escenarios, sacarse fotos y actuar como si acá no hubiera pasado nada.
En la tarde del miercoles, Eduardo Accastello apareció sonriente junto al juez federal Miguel Hugo Vaca Narvaja anunciando un convenio de colaboración institucional. Una postal impecable. Casi perfecta. Salvo por un detalle: el nombre de ese magistrado quedó asociado durante años a investigaciones sensibles vinculadas al caso CBI y a los famosos 290 mil dólares que tenían Fernado Boldú, con acceso a Accastello y a su esposa, la legisladora Verónica Navarro en aquella financiera clandestina.
Pero parece que nadie se acuerda.
O peor aún: parece que creen que nadie se va a acordar.
Entonces ocurre el milagro argentino. El político investigado aporta fondos, el juez descaradamente agradece la colaboración, todos sonríen para la foto y nadie considera necesario explicar nada, pese a que una imagen semejante generaría mucho ruido en un país serio. O directamente no ocurriría.
No se trata de discutir la importancia del trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense. Esa tarea merece todo el apoyo posible. Se trata de algo más básico: el sentido común.
Porque cuando la política y la Justicia pierden el sentido de la oportunidad, terminan regalando escenas difíciles de defender.
La pregunta no es si el convenio es legal. Seguramente lo es.
La pregunta es otra: ¿de verdad nadie advirtió lo que representa esa foto?
En cualquier democracia madura, los funcionarios entienden que la confianza pública también depende de las apariencias. Acá no. Acá parece que la consigna es seguir adelante y que cada uno saque sus conclusiones.
Y después se preguntan por qué la gente desconfía del Poder Judicial.
Tal vez porque los ciudadanos tienen memoria. Mucha más de la que algunos dirigentes suponen.
