Ignacio Tagni atraviesa, probablemente, el momento político más confortable desde que llegó a la Casona Municipal. Administra una ventaja que, por ahora, nadie parece estar dispuesto a discutir seriamente. No porque haya construido una hegemonía irreversible, sino porque del otro lado todavía no aparece una alternativa capaz de transformarse en expectativa de poder.
Cuando el Mundial concluya el próximo 19 de julio, la política volverá a reclamar protagonismo. Se terminarán las excusas. Los dirigentes opositores que durante dos años eligieron el silencio, comenzaran a opinar sobre todos los tema de la agenda pública. Es una vieja tradición de la politica argentina.
Mientras tanto, Tagni espera.
Tiene, al menos, dos caminos posibles. Permanecer alineado con el espacio opositor, que hoy exhibe más dudas que certezas, o construir un entendimiento con el gobernador Martín Llaryora. En los pasillos de la política provincial aseguran que las exigencias del Centro Cívico no son excesivas. La condición sería sencilla: preservar la gobernabilidad, mantener cierta autonomía y, sobre todo, evitar que la elección municipal quede atada a la provincial.

Hace apenas unos meses, el caso Agostina Vega colocaba al gobierno cordobés en una posición defensiva. Aquella imagen comenzó a modificarse. Hoy Llaryora recuperó iniciativa política y deja trascender la posibilidad de un entendimiento con la administración nacional. Un escenario que, de concretarse, podría garantizar estabilidad tanto para el gobernador como para Javier Milei, golpeado en las encuestas por la situacion económica que atraviesa el país.
La fotografía del presente favorece al intendente de Villa Nueva.
El radicalismo provincial continúa fragmentado. Los libertarios todavía no consiguen traducir el fenómeno nacional en volumen territorial. Luis Juez permanece expectante, aunque lejos del escenario de fortaleza que supo exhibir en otros tiempos. La oposición aparece dispersa, y esa dispersión inevitablemente beneficia a quienes gobiernan.
Tagni, además, ya no es el dirigente que debutó en la administración pública. Aprendió algunas reglas elementales de la gestión. Comete menos errores no forzados y, cuando los comete, encuentra una oposición demasiado debil para capitalizarlos. La crítica perdió intensidad y, en algunos casos, también seriedad.
Incluso ciertos sectores opositores que responden a Graglia parecen haber reemplazado la construcción política por el anonimato en redes sociales o por publicaciones digitales de escasa incidencia. Operaciones que terminan produciendo un efecto paradójico: fortalecen más de lo que desgastan al oficialismo.
Existe, además, una contradicción llamativa. Algunos dirigentes de ese espacio, reclaman a los medios el control que deberían ejercer los concejales y tribunos de cuentas elegidos precisamente para controlar. Pretenden delegar en el periodismo una responsabilidad que pertenece a la representación institucional. Difícil encontrar una estrategia más improductiva que esa.
Sin embargo, la comodidad de Tagni también tiene zonas grises.
La gestión muestra resultados visibles en sectores residenciales como Las Lilas, Las Rosas, el entorno de Los Algarrobos —que comprende barrios como Ctalamuchita, y más alla, como Golf y La Reserva—, además de Aguas Claras, Costa de Oro, Prado Español y Pinar de las Tejas. Son barrios donde reside buena parte de la clase media villanovense y donde la intervencion pública tiene mayor visibilidad.
La situación cambia al recorrer otros sectores de la ciudad.
En barrio Sarmiento, por ejemplo, vecinos reclaman desde hace dos años reductores de velocidad y nomencladores. No llegaron ni unos ni otros. No constituye un caso aislado, sino un síntoma de una gestión cuya presencia aparece distribuida de manera desigual.
Tagni deposita buena parte de su confianza en los referentes de los centros vecinales. El problema es que varios de esos espacios fueron absorbidos por punteros políticos amateur. En ocasiones generan más conflictos que soluciones. Allí aparece una de las principales debilidades del oficialismo: la dificultad para consolidar equipos con autonomía y capacidad de resolución.
Quizá sea el costo de una conducción excesivamente personalista. Cuando el liderazgo concentra demasiado, el resto de la estructura deja de crecer. Y una administración termina dependiendo más del intendente que de su propio gobierno.
La paradoja es evidente.
Tagni tiene hoy la iniciativa, administra una oposición dispersa y observa un horizonte electoral razonablemente favorable. Pero también enfrenta un desafío silencioso: no confundir la ausencia de adversarios competitivos con la inexistencia de problemas.
Porque la política suele castigar precisamente a quienes creen haber resuelto la elección antes de que empiece la campaña.
