Hay algo que no cierra.
Eduardo Accastello habla permanentemente de un “gobierno cercano al vecino”, de funcionarios que escuchan y de una Municipalidad abierta a la gente. Lo dice en entrevistas, actos y conferencias. El problema es que sus actos dicen exactamente lo contrario.
A fines de 2015, cuando terminaba su tercer mandato, mandó a colocar molinetes en el ingreso al Palacio Municipal. Una barrera física entre los vecinos y los funcionarios. Un mensaje claro: hasta acá llega la gente.
Cuando asumió Martín Gill en diciembre de 2015, una de las primeras decisiones fue sacarlos. Consideró que eran el símbolo equivocado para una gestión que pretendía acercarse a los ciudadanos.
Pero Accastello volvió en diciembre de 2023 a ejercer su cuarto mandato, y los molinetes volvieron con él.
Es una decisión que dice mucho más que cien discursos. Porque nadie instala barreras para acercarse. Las barreras se ponen para marcar distancia.
Y acá aparece la gran contradicción: mientras el relato habla de cercanía, la realidad muestra filtros, obstáculos y funcionarios cada vez más encapsulados. Como si el vecino fuera un problema y no la razón de ser de la política.
Los molinetes no resuelven un bache, no mejoran una calle ni generan empleo. Son apenas un símbolo. Pero a veces los símbolos hablan más fuerte que los discursos.
Y el símbolo que eligió Accastello es el de un poder político detrás de una barrera, separado de la gente a la que dice representar.
