El mes pasado, la Municipalidad de Villa María privatizó el estacionamiento del Centro Cultural Leonardo Favio, y el concejal radical Felipe Botta protagonizó un hecho politico que se vio reflejado en redes sociales: saltó de su banca, telefono en mano, indignado, fue al lugar y fustigando al peronismo local. El enojo parecía auténtico, el video viralizado lo confirmaba.
Pero la indignación se desinfló con la misma velocidad con la que el oficialismo le puso delante la Ordenanza N° 8241, la que él mismo votó, junto a todos sus colegas, para crear el ENDEMUR, el ente que hoy controla el intendente Eduardo Accastello y Darío Capitani, quien, nombró a dos síndicos de confianza en ese organismo.
Frente a semejante contradicción, Botta se llamó a silencio. Ninguna aclaración, ningún descargo. Silencio absoluto.
La ironía política alcanza niveles que superan la anécdota: ese mismo ente, ideado por Accastello para eludir los controles del Tribunal de Cuentas, como ya dijomos, cuenta entre sus designaciones con personas que le responden directamente a Capitani, quien fue jefe político de Botta hasta hace apenas tres meses.
Y aquí aparece la verdadera gravedad institucional: mientras Botta estalla por unos pesos que ingresan al municipio, por otro lado, no ha pronunciado una sola palabra sobre 606 millones de pesos que se egresan a través de una presunta cooperativa fantasma dirigida por Juan Pablo Scibaldi… primo del propio concejal.

Durante dos años, gran parte de la dirigencia con responsabilidades institucionales guardó silencio, sigue sin existir acción por parte del radicalismo en el Concejo Deliberante.
Resulta imposible no ver la contradicción: cuando el dinero entra, Botta cuestiona; cuando sale sin control, calla. Y lo hace mientras percibe una dieta de 4.1 millones de pesos mensuales, paga con los impuestos de los villamarienses.
La escena política deja un sabor amargo: indignación selectiva, escandalización a la carta y una familia que, aparentemente, parece blindar los intereses propios por sobre los de la ciudadanía.
En Villa María, la “doble vara” tiene nombre y apellido: se llama Felipe Botta, y le cuesta casi 50 millones de pesos anuales a los villamarienses.
