En Villa María circula una encuesta. No tiene firma. No tiene sello. Pero todos saben a que consultor pertenece, y tiene efectos político.
En ese papel que se comenta en voz baja, el intendente Eduardo Accastello ya no aparece con la comodidad de otros tiempos. Aquel 42% que lo consagró empieza a parecer más una foto vieja que una base de sustentación.
No está caído. Pero tampoco sólido. Está, como se dice en la jerga medica, en observación.
El problema no es solamente su número bajo y su imagen deteriorada. Es la arquitectura.
El accastellismo —donde se alinean nombres como Verónica Navarro y Juan Pablo Inglese— conserva volumen, pero dejó de ser totalidad. Convive, cada vez más, con un peronismo fragmentado donde Martín Gill no se retira ni concede. No lidera. Pero condiciona.
Y en política, condicionar suele ser muy efectivo a la hora de discutir poder.
Ahora bien, la supuesta oposición tampoco es lo que parece.

Dirigentes como Darío Capitani, Karina Bruno y Juan Zazzetti se muestran en la vereda de enfrente, pero comparten con Accastello, sintonía y obediencia al proyecto provincial de Martín Llaryora.
Y esa sintonía no es abstracta. Tiene correlación concreta en Villa María.
Se expresa en votaciones, en acuerdos, en equilibrios institucionales. En el Concejo Deliberante con las ediles Natalia Gonzáles y Evelyn Acevedo. En el Tribunal de Cuentas con Virginia Margaria. En una lógica de convivencia que, lejos de tensionar al oficialismo, muchas veces le allana el camino para imponer proyectos polémicos.
No es una oposición clasica. Es una oposición que discute los modos, pero no el rumbo.
Por eso, el escenario tiene una particularidad: el oficialismo se fragmenta, pero no necesariamente se debilita.
Sin embargo, hay un actor que no negocia: el humor social.
La encuesta que circula —la que nadie muestra— deja un dato incómodo: crecen el rechazo y los indecisos. Un electorado que no se siente representado. Que no elige. Que posterga.
Ese universo, silencioso pero decisivo, es el que desordena cualquier estrategia.
Porque cuando el “no votaría a nadie” se instala, la política deja de ser una disputa de nombres para convertirse en una crisis de representación.
En ese contexto, Accastello proyecta lo que sería su quinto mandato. Pero ya no depende solo de su estructura local.
Depende del aire provincial.
Depende de la suerte de Llaryora.
Una eventual derrota del oficialismo cordobés no sería un dato aislado. Sería una señal. Y en política, las señales se leen rápido: menos cobertura, más exposición.
Y cuando la cobertura se retira, el politico queda solo. Y cuando el politico queda solo, empiezan los problemas, de todo tipo, hasta judiciales.
Entonces, el escenario se vuelve más complejo de lo que parece.
No hay un oficialismo pleno.
No hay una oposición pura.
Y hay una sociedad que empieza a hartarse.
La elección, en ese marco, ya no es para confirmar poder.
Es para medir cuanto queda.
