Días atrás, desde Soy Villa Nueva expusimos una realidad que el aparato de propaganda municipal del intendente Eduardo Accastello, intenta tapar a fuerza de anuncios vacíos y una obscena montaña de pauta oficial que ya ronda cifras cercanas a los mil millones de pesos repartidos discrecionalmente.
Mientras el relato vende una ciudad modelo, puertas adentro las trabajadoras de Salud sobreviven entre salarios miserables, precarización crónica y jornadas agotadoras que rozan la explotación.
La muerte repentina de una empleada de la Asistencia Pública terminó dejando al descubierto un sistema sostenido durante años sobre contratos basura, monotributistas eternas y salarios que apenas alcanzan para sobrevivir.
Las trabajadoras administrativas describen un panorama indignante: cobran apenas $2.243 la hora de lunes a viernes y $2.693 fines de semana y feriados. Para llegar a un ingreso cercano a los $700.000 mensuales deben trabajar jornadas agotadoras de hasta 13 horas diarias. Muchas llevan más de quince años en esas condiciones. Sin estabilidad. Sin derechos plenos. Y encima pagando de su bolsillo el monotributo para poder seguir trabajando.
Las enfermeras apenas superan los $3.500 por hora. También sometidas a jornadas extenuantes para poder subsistir. Por supuesto, las autoridades del SUOEM, sacándose fotos muy sonrientes junto al ultra gillista, Marcos Bovo.
¿Cual fue la respuesta del poder politico local? Persecución.
Tras hacerse públicas estas condiciones, dos trabajadoras fueron despedidas. Y posteriormente, en vísperas del Día del Trabajador, echaron a un médico de guardia por defender a sus compañeras.
Ahora surge una nueva denuncia, todavía más grave y perturbadora.
Trabajadoras aseguran que en distintas dependencias municipales y centros de salud existirían cámaras con capacidad de registrar no solo imágenes sino también audios. Entre los lugares mencionados aparecen la salita de barrio Las Playas, sectores municipales y algunos CAPS.
Según relatan, jamás fueron notificadas formalmente sobre la existencia de sistemas de grabación de sonido. La sensación que describen es escalofriante: trabajar observadas, vigiladas y potencialmente escuchadas mientras conversan entre compañeras, incluso sobre cuestiones personales.
Todo, bajo el eterno argumento de la “seguridad”.

En la Villa María de Eduardo Accastello y Verónica Navarro parece que el problema no es la precarización laboral, ni los sueldos miserables, ni las jornadas inhumanas. El problema es que las trabajadoras hablen. Que cuenten lo que pasa. Que pierdan el miedo.
El modelo impuesto es claro: disciplinar. Vigilar. Castigar. Y silenciar.
Porque cuando un gobierno escucha más a las cámaras que a sus trabajadores, deja de gestionar para empezar a controlar.
Y cuando quienes sostienen la Asistencia Pública y los centros de atención primaria tienen miedo hasta de hablar entre ellas, lo que está enfermo no son solo los pacientes que acuden al sistema de salud. También está enfermo el poder.
Villa María empieza a parecerse demasiado a esos modelos donde el poder cree que pueden vigilar, disciplinar y callar a todos… Un autoritarismo es cada vez más parecido al de Gildo Insfrán en Formosa.
