Murió antes de que alguien llegara. Murió atado, como había vivido durante años. Sin refugio, sin comida suficiente, sin nadie que asumiera la responsabilidad más básica: cuidarlo.
El caso no es aislado. O peor: lo es, pero solo en la medida en que cada historia se cuenta por separado. En Villa María, las denuncias por maltrato animal se repiten con una frecuencia incómoda. Perros encadenados de por vida, animales expuestos para la venta como objetos, intervenciones que llegan tarde o, directamente, no llegan.
Hay una ley. Existe. Pero entre la letra y la realidad hay un vacío que nadie parece dispuesto a llenar.
En el medio, quedan las proteccionistas. Sin estructura, sin recursos y muchas veces sin respuestas. Son las que reciben los mensajes, las que van, las que insisten. Las que llegan, a veces, cuando ya es tarde.
En el plano judicial, la respuesta no es uniforme. Las fiscalías a cargo de René Bosio y Juliana Companys intervienen y dan curso a este tipo de denuncias. No ocurre lo mismo con la fiscalía de Silvia Maldonado, señalada por no avanzar en casos de maltrato animal y sostener un criterio que los reduce a bienes, más que a seres vivos. Como si el maltrato animal no fuese delito.
Y después está el Estado municipal. Sin una política clara, sin herramientas propias, sin una ordenanza que ordene y obligue. La respuesta suele ser la misma: ya hay una ley nacional. Como si eso alcanzara.
Pero no alcanza.
Porque mientras se discute quién tiene la competencia, los animales siguen atados. Siguen expuestos. Siguen muriendo.
Este perro no murió solo de frío o de hambre. Murió también en un sistema que no llega, que no prioriza y que, en los hechos, termina mirando para otro lado.
Y eso ya no es un descuido. Es una decisión.
