En la política doméstica —esa que se cocina a fuego lento en Villa María— a veces emerge una figura que no estaba en el radar del poder, pero empieza a colarse en todas las conversaciones. No por estructura, no por aparato, sino por algo más difícil de fabricar: credibilidad social. En ese casillero comienza a inscribirse Julieta Ceballos.
Veterinaria, vecina común, sin prontuario político ni carpetazos a cuestas. Un dato que, en tiempos de sospecha permanente, cotiza en alza. Ceballos no viene de la rosca: viene del hastío. Y ese hastío la empujó a militar las ideas de la libertad, orbitando en torno al fenómeno de Javier Milei, que todavía irradia magnetismo en sectores desencantados con la política tradicional.
Su irrupción electoral fue casi testimonial: candidata a intendente, desconocida para la mayoría, compitiendo bajo el sello del Partido Libertario que en Córdoba conduce Agustín Spaccesi. Un espacio que, aunque se apropia del ideario libertario, no es reconocido por la estructura oficial de La Libertad Avanza, donde no dudan en catalogarlos como “falsos libertarios”. La disputa no es menor: incluso compitieron usando el color violeta, una jugada que algunos interpretan como confusión deliberada del electorado.
En ese esquema aparece una de las primeras tensiones del “fenómeno Ceballos”: su pertenencia a un armado que, en la Legislatura, tiene comportamientos ambiguos. Spaccesi, férreo opositor en los medios, se muestra funcional al oficialismo provincial de Martín Llaryora puertas adentro de la Legislatura, aportando quórum y acompañando proyectos sensibles. Doble estándar, diría el manual.
Ceballos, sin embargo, intenta pararse en otro lugar. Construye junto a Alejandro López —ex candidato de Encuentro Vecinal, hoy reciclado en el Partido Libertario— una línea opositora al intendente Eduardo Accastello. Y lo hace con coherencia discursiva, algo que incluso sus adversarios le reconocen.
Pero la política local es, ante todo, una red de vínculos. Y allí aparecen las zonas grises. La cercanía con Manuel Sosa, por ejemplo, introduce ruido: Sosa juega a la oposición en público con sus famosos videos en redes sociales, pero en el recinto ha acompañado proyectos que él mismo calificó como “poco transparentes”. Un déjà vu del esquema Spaccesi.
Aun así, hay un dato que descoloca a la dirigencia tradicional: a Ceballos no le encuentran manchas. No vive de la política, no tiene pasado en la función pública, no arrastra denuncias. Es, en términos crudos, “difícil de atacar”. Y eso, en una elección, puede valer más que una estructura.
Las encuestas —siempre relativas — empiezan a ubicarla bien entre quienes la conocen. Comparte ese pelotón con la dirigente de Verdad y Justicia, Nadia Brossard, que corre con la ventaja de tener mayor instalación pública. Dos perfiles distintos, un mismo síntoma: la demanda de caras nuevas.
El dato político, el que importa, es otro: Ceballos empezó a ser observada. Desde el entorno cordobés de Gabriel Bornoroni —referente de La Libertad Avanza— hasta el juecismo que conduce Luis Juez. Cuando dos espacios con lógicas distintas coinciden en un nombre, no es casualidad: es necesidad.
Ahí se abre la encrucijada. Porque mientras algunos la proyectan como posible candidata a intendente en un frente entre libertarios y juecistas, otros —como Sosa— la imaginan en un modesto cuarto lugar de concejal, dentro de una ingeniería electoral menor. Demasiado poco para alguien que mide, demasiado pronto para alguien que recién empieza.
Y en paralelo, otra jugada: versiones indican que Spaccesi podría habilitar una lista propia del Partido Libertario con guiños al accastellismo. Traducido: dividir el voto opositor. Una estrategia conocida por Accastello, casi de manual.
En ese tablero, Ceballos queda en el centro de una disputa que excede su figura. No es solo ella: es lo que representa. Una outsider con buena imagen, sin desgaste, que puede ser absorbida por una estructura mayor o diluida en internas ajenas.
El 2027 asoma como telón de fondo. Con la eventual elección a gobernador condicionando el escenario local, el futuro de Accastello —y su posibilidad de reelección— dependerá también de cómo se ordene la oposición. Y allí, nombres como el de Ceballos dejan de ser anecdóticos para volverse estratégicos.
Al final, la pregunta no es si Ceballos mide. La incógnita es cómo decide pararse Ceballos frente a un sistema que busca absorberla. Porque en política, cuando lo nuevo entra en el sistema, corre siempre el mismo riesgo: dejar de ser nuevo.

Gente nueva y desconocida es lo que necesitamos.. la y los viejos políticos ya sabemos lo que son y a lo que apuntan.
Hay que empezar a cambiar todas las «figuritas» repetidas, por gente que tengan coherencia entre lo que piensan a como actúan. Hoy no existe esa coherencia, es todo oportunismo político donde cambian convicciones por conveniencia.