En los pasillos de tribunales, donde la discreción suele ser regla y el silencio una herramienta, irrumpió una escena que parece salida de otro registro: un abogado, por entonces empleado judicial, participando de allanamientos con el rostro cubierto por una máscara. La imagen, que ya circula en ámbitos internos y mediáticos, no solo expone a Alejandro Bianco, sino que también proyecta sombras sobre la conducción de la fiscalía a cargo de Juliana Companys.
El dato, por sí mismo, es inquietante. Pero en política —y la justicia que es, también, un territorio político— los hechos rara vez son lineales. Lo verdaderamente relevante no es solo lo que ocurrió, sino el momento en que se conoce, quién lo difunde y con qué intención.
En ese marco, en tribunales comienza a consolidarse una hipótesis: la filtración del material no sería ingenua ni casual. Apuntan hacia sectores vinculados al entorno del ex intendente Martín Gill y a la ex auditora Alicia Peresutti. No se trata de una acusación formal, sino de una lectura política que gana volumen en voz baja, en ese código no escrito que rige las disputas de poder.
El caso Bianco, además, arrastra un antecedente que complejiza aún más el escenario: su intervención en la causa de Rodrigo Santi. Haber pasado de investigar a defender al acusado no solo generó rechazo social, sino que alimentó cuestionamientos éticos y derivó en presentaciones ante el Colegio de Abogados. Ese episodio, lejos de diluirse, hoy reaparece como combustible en un contexto donde cada actor busca reposicionarse.

El pedido de jury contra Companys, impulsado por organizaciones como Verdad y Justicia —referenciadas en Nadia Brossard y Verónica Vilches— terminó de abrir una grieta que excede lo jurídico. A diferencia de otros detractores, ambas referentes son señaladas en el ámbito judicial como figuras sin cuestionamientos en su trayectoria, sin procesos en su contra, lo que les otorga un diferencial de credibilidad en medio de un escenario cargado de intereses cruzados.
La fiscal no es una figura menor: en su recorrido, acumuló enfrentamientos con sectores políticos, sindicales y empresariales. Una lista extensa que incluye nombres de peso como Leonardo Cositorto, el ex juez Héctor Luis Yrimia, los sindicalistas del Centro de Empleados de Comercio Héctor Macarini y su hijo Pablo, la intendenta de Ballesteros Graciela Sánchez, la ex concejal Verónica Vivo y su marido Jorge “Pampero” Barrera, además del delasotista Darío Ranco, entre otros.
En este punto el conflicto ya deja de ser técnico y pasa a ser estructural. No se discute únicamente si hubo irregularidades en un procedimiento, sino quién tiene margen para disciplinar a quién dentro de un entramado donde justicia y política conviven en tensión permanente.
Las fuentes judiciales coinciden en un diagnóstico incómodo: hay un aprovechamiento del momento. Un “traspié” —real o magnificado— que habilita a diversos sectores a cuestionar la idoneidad de la fiscal. En ese movimiento, incluso, se cruzan límites y aparecen referencias a su vida privada, un recurso clásico cuando la discusión de fondo no alcanza.
Mientras tanto, los señalados niegan cualquier maniobra y sostienen su inocencia en los expedientes que los involucran. Sin embargo, el dato que resuena en tribunales es otro: la resistencia a que esas causas avancen hacia juicio. En lógica política, evitar el escenario donde se dirimen responsabilidades suele ser tan elocuente como cualquier declaración.
Así, el episodio de las “máscaras” funciona como un disparador, pero no como núcleo. Es la excusa visible de una disputa más profunda, donde se cruzan viejas cuentas, intereses en pugna y la necesidad de reconfigurar poder.
En definitiva, el episodio de la máscara deja de ser una anécdota incómoda: expone un sistema donde las lealtades duran lo que conviene y las internas nunca se apagan. Porque en estos territorios, las caídas no se explican solo por errores propios, sino por la decisión ajena de acelerar el derrumbe. El poder no perdona debilidades, pero sobre todo, no desaprovecha oportunidades.

Cada rey en su trono y cada payaso en su circo